lunes, 17 de julio de 2006

"Es malo que continúe"... Parte 2

Si hace una lista con todos los países del mundo y quiere poner un asterisco al lado del que haya crecido sin economía capitalista no lo va a encontrar, no existe. Ahora, el éxito del sistema depende del orden legal que otorgue la posibilidad de controlar a los políticos en sus gastos y es obvio que eso no ha ocurrido al nivel requerido en ningún lugar de América latina, quizá con la excepción de Chile y ciertas partes de México o Brasil. Porque el sistema capitalista no es otra cosa que un andamiaje de leyes, the rule of law. Ese rule of law no está funcionando en la Argentina. Uno de los grandes problemas es que los economistas que conocen las consecuencias de las malas decisiones muchas veces no están muy enterados de cómo se reforma el país legalmente. Y por otro lado los abogados o juristas que sí lo saben no conocen las consecuencias políticas o económicas de sus decisiones. Cuando arrancaron los países de Occidente en su camino a la prosperidad, la economía y el derecho no eran disciplinas separadas. Es decir, cuando entraban los Jefferson, Stein, Bastiat, Coquelin, Eugen y Huber estaban perfectamente conscientes de qué andamiaje legal era aquel que iba a hacer sostenibles sus propuestas de libertad económica. Ese tipo de lucidez no existe en nuestros países; lo que existe es una clase jurídica totalmente separada del conocimiento económico. Una clase jurídica contratada, por supuesto, por varios políticos, que muchas veces no es simpatizante de la economía de mercado y que tiene, pues, una batería de argumentos que los hace impermeables al razonamiento económico. El tema es juntar todas esas disciplinas y divisiones y formar un consenso nacional sobre qué reformas son necesarias, no sólo para hacer justicia laboral sino justicia empresarial y justicia en la oportunidad de crear y recibir riqueza. Eso es algo que no lo tienen en su liderazgo ustedes los argentinos ni nosotros los peruanos, pero esos sujetos ya han comenzado a aparecer en Asia, con el liderazgo, por ejemplo, del Partido Comunista chino, que está tratando de emparejar su justicia social con su crecimiento vertiginoso de entre el 8 y el 10 por ciento; lo que ha logrado Tailandia en el pasado, y lo que está logrando hoy, a través del primer ministro Shinawatra. O lo que hizo la dirigencia política japonesa a partir de 1945, cuando convirtió al Japón, que era un país feudal muchísimo más pobre que la Argentina, en un país muchísimo más rico que ustedes.

-Para muchos en la Argentina la palabra capitalismo quedó teñida de los peores excesos. ¿Cómo se combate?
-Eso pasa en todas partes del mundo. La palabra capitalismo nunca fue una palabra popular. Yo, por lo menos, si no es para el título de un libro nunca la utilizo. Yo no conozco a nadie que se pare en el medio de una plaza y grite "viva el capitalismo". Es como decir "viva la máquina" o "viva la tenaza". Es un instrumento nomás. Pero evidentemente es un instrumento que tiene sus enemigos, así que se ha convertido en mala palabra, y la palabra neoliberalismo, que vaya a saber uno de dónde viene, es otra mala palabra. Lo que hay que hacer es cambiar de palabras. Decir "viva el capitalismo" en América latina es como decir "viva la prostitución". ¿Qué hacen los chinos? Lo llaman "comunismo con dos sistemas económicos". En Tailandia lo llaman "capitalismo popular"; los alemanes lo llaman "economía social de mercado"; los ingleses -aplicando capitalismo a rajatabla- lo llaman la tercera vía. Es cambiar las palabras, pero la fórmula es la misma. Es como si uno le preguntara a una dama si le gustaría hacer al amor. Es mucho más elegante que preguntarle si quiere fornicar, hay más chances de llegar más lejos. (Risas) Los liberales en ese sentido son de una ortodoxia insoportable. En general son tanto o más sofisticados que sus opositores en todo el mundo, pero se dedican a pelear horas y horas por palabras cuando lo esencial es que hay un solo sistema que funciona en el mundo, nadie más conoce otro. Hay que cambiar la palabra, lo cual requiere talento político, pero al mismo tiempo darle sustento y mostrar cómo puede servir a los intereses de la mayoría, cosa que hasta ahora no pasó.